domingo, 11 de enero de 2009

Sed







Se secó el barro antes de la llegada del otoño, allá por octubre, cuando las orillas eran el principio de la desolación misma, la retama de un pálido amarillo se extendía adueñándose del légamo hasta robar la última gota de agua.
El cauce era ahora un hilo de verdina sin ruido que escapaba lentamente hacia las grietas.
Sentía la sed mendigando en los barrancos y al aire dulce barriendo el crujido de los álamos, mientras yo, clavada en el suelo, en medio de la nada, oía el canto de las chicharras.
Concierto de siesta en las esquilas; atraviesa desorientado el rebaño, de un lado a otro, el Guadalquivir seco.
Se disputan la única brizna de hierba nacida de la equivocación de la naturaleza, justo a mitad del lecho por donde un día, alborozada, el agua arrastraba esturiones hasta la desembocadura del Galapagar.
Una hoz afilada siega los veneros y la sequía se adueña del pantalán ahogando en abrazo los remos de las barcas, que como dedos clementes emergen del lodo.
Las beatas invocan al santo de la lluvia y antes de que suceda, me abandono al polvo por escuchar el arrullo ancestral del rio.
Octubre cegó los ojos a la corriente… Miedo me da la furia estancada.

1 comentario:

El éxodo dijo...

Sí, miedo, pánico, pues por mucho que los desertificadores se afanen en los veneros y en robarles su lecho a las aguas, éstas terminan siempre por volver a su cauce. La furia de la Naturaleza, dicen, para ocultar la realidad. Esa realidad que no es otra que la inconsciencia del ser humano.

Un abrazo.