sábado, 18 de octubre de 2008

palabras a medida


Palabras a medida



Un día dijiste…te querré siempre…
Intuyendo el dolor venidero de tus promesas,
Te dije: la eternidad dura como mucho….hasta mañana.
Hoy ya es mañana.
Tus palabras te quedan grandes,
hombre pequeño.
Muy grandes.
A la medida exacta de mi indiferencia.

3 comentarios:

El éxodo dijo...

Touché... y hundido.

Leyéndote, no he podido evitar poner tus palabras en otra boca -son tan... suyas, aun sin decir nada- y me he sentido aún más pequeño, más indigno, más despreciable, más prescindible, más estéril, más... muerto. Si hay un territorio que, junto al de la muerte, no tiene límites, es el de la tristeza. "Te querré siempre, por encima del tiempo y la distancia, más allá del silencio, del olvido, de la muerte..." le dije en la dedicatoria de un libro que le regalé por su cumpleaños, y ella, que es casi una maestra controlando sus emociones, se emocionó como nunca la he visto emocionada. Nunca supe el motivo. Hoy lo sé, sólo que ella, en lugar de pensar "hasta mañana", estaba pensando "nunca, por más que queramos es imposible". Hoy no le falta razón, pero entonces se equivocaba... pudo ser posible.

No te mando abrazos. Quisiera, pero en estos momentos no puedo abrazar a nadie ni aun en la distancia. Porque no podría dejar de pensar en abrazarla a ella. Y no la podría abrazar con tanta tristeza, me volvería loco o querría morirme. Y no puedo querer morirme, no debo, no puedo.

El éxodo dijo...

Durante mucho tiempo, tragándome con esfuerzo mis deseos, me dedique con todo el alma a tratar de sembrar sonrisas en las grietas de su pena. Hoy no la tengo siquiera recogiendo los desechos de mi alegría muerta. No la culpo. Ella es buena, pero la vida muy perra.

El éxodo dijo...

La culpa -un concepto tan amplio y abstracto- raramente, y pese a que nos hayan educado en lo contrario- raramente está en nuestras vidas, al menos en lo que al trato personal se refiere -otra cosa son los tiburones de la socioeconomía-, y cuando lo está no suele serlo en las entrañas de un presunto culpable -ya acusado por otros, ya sintiéndose así en sus adentros- sino en el corazón de los que acusan. Yo, por mi parte, nunca pretenderé ser juez o verdugo -acaso sí conmigo mismo- ni osaré condenar a nadie al destierro o a cualquier otra pena.

Desde mi exilio,

Un abrazo.