domingo, 9 de noviembre de 2008

La vía muerta








Por esta estación ya no pasan trenes. Hace años que la ventanilla para comprar billetes está cerrada, huérfana de destinos y las telarañas del tiempo decoran las paredes.
Los cristales sellados por una espiral de polvo, tamizan la luz del mediodía.
El color de la tristeza tienen todos los soles.
Un banco de madera donde se graban los nombres de los amantes, un reloj sin minutero, una papelera donde duerme olvidado el itinerario y la campana alerta de prisas, ya no sirven para nada.
Los niños tiran piedras para despertar el sonido ronco del metal y se expande triste por las vías muertas.
En los tramos de madera crecen jaramagos y las avutardas vuelan bajo escondiendo sus nidos en la retama.
Hay una alegría inconstante de pájaros que dura hasta el ocaso.
Nadie espera ya nunca.
No hay pañuelos donde guardar la tristeza ni sonrisas que disimulen los surcos salados de las despedidas.
Un mástil sobrevive sin bandera en el tejado de la cantina dónde solo ondea el recuerdo de los ahogados en aguardiente, de los sin nadie.
El tiempo silva por las rendijas en la puerta entornada de la sala de espera y mece acompasado el cartel de latón donde se lee aún “Estación”.
Un cortejo de chicharras, danza al filo de la siesta, canto, calma que quema los espejismos y enciende los raíles gastados.
Otra ausencia es la lengua de humo en la chimenea, los troncos de los eucaliptos escupen la menta y el aire huele a invierno.
Es mi garganta un túnel sin salida para la pena.
Los perros perdieron la sombra y aúllan mas abajo, donde el tren, es ya únicamente una herida en el paisaje.

2 comentarios:

El éxodo dijo...

Muy triste, pero precioso.

Un beso.

El éxodo dijo...

Yo también fui cómplice. Y me traicionó mi sueño. Duele. Un dolor inenarrable.

Un abrazo.