viernes, 26 de febrero de 2016

Este jueves, te cuento una travesura



Miré al reloj de la torre, el tiempo se había detenido, como si la prisa se hubiese escondido detrás de los números romanos,  la esfera se había  cuarteado  dando una imagen de vejez casi humana, con los minutos y segundos  llenos de arrugas.
El sol pesaba sobre la uralita, sediento, a 45 grados a la sombra.
Así eran las siestas de mi niñez. Toda la casa descansaba menos los animales y yo.
Las gallinas haciendo malabares en el palo soportaban la calima con sus picos abiertos. Un aleteo del gallo ponía en alerta al corral cuando yo abría la cancela y me adentraba en sus dominios.
Llevaba en las manos a modo de señuelo, el afrecho y el trigo que se guardaba en el granero. Primero les llenaba el buche, luego, al descuido, las cogía bajo el brazo y les iba arrancando las plumas más vistosas.
El gallo, más de una vez se me enganchó al pelo clavando sus espolones y resistiéndose a ser despojado de sus atributos más llamativos para encandilar a las ponedoras.
La batalla se saldaba con unos cuantos picotazos y  diez o doce plumas a mi favor, que servirían para confeccionar mi gran cabellera de jefe indio.
Las cinco. La siesta no se acababa aún.
Los gatos apurando el fresco en el empedrado del patio, dormitaban ajenos al revuelo del gallinero.
Me aburría y entonces recurría a la peluquería. Primero el flequillo, ras, ras, ras, la frente despejada del todo  y después, aprovechando el duemevela de los gatos, recortaba sus bigotes al milímetro. ¡Que tontos, ni se inmutaban!
Sólo que al despertar, iban dando tumbos desorientados tropezando con todos los cachivaches de la casa.

¡Que contentos deberían estar mis padres de que no les molestara en su descanso!
¿O no?


18 comentarios:

MOLÍ DEL CANYER dijo...

Eso es una travesura detras de otra. Yo tambien recuerdo las horribles siestas de verano solo que yo normalmente las hacia con mi tia la cual con pico que te movieras: zas! Ya habias recibido. Anda que pobres gallinas y pobres gatos, tu eras mas terrible que yo. Un escrito muy divertido, besos.

MOLÍ DEL CANYER dijo...
Este comentario ha sido eliminado por un administrador del blog.
El Demiurgo de Hurlingham dijo...

Creo imaginarsme la reacción. Lo de "desastre" en tu nombre me hizo imaginar que la travesura iba a ser algo comoesto.

Charo dijo...

Madre mía, pobres animalitos! Me ha encantado lo bien que has descrito esas horas tediosas y aburridas de las siestas en verano, con el calor que lo aplatana todo menos a un niño que se aburre...Muy divertido!
Un beso

* dijo...

Jjajajaj ¿sabes pro qué me río? Porque yo de muy niña le arrancaba las plumas a las gallinas on un habilidad inaudita jajajaja Ni una me picaba pero te aseguro que no les engañaba. Entraba directa y bien chiquitina que era yo.
La dueña le decía a mi madre: ¡Esta niña me va a volver cluecas las gallinas!

Un beso enorme y gracias por la sonrisa.

Pepe dijo...

No te imaginaba tan traviesa Rosa.¿Es autobiográfico?. Pobres gallinas, pobre gallo y pobre gato.
Un abrazo.

Neogéminis Mónica Frau dijo...

jaja qué traviesa habías resultado, Rosa!...no lo hubiese pensado...me imagino esas pobres gallina desplumadas y esos gatos sin bigotes y no puedo sino reir!
Un abrazo

Juan Carlos Celorio dijo...

Esas siestas de la infancia eran interminables, momento idóneo para obtener la materia con la que elaborar los materiales para los juegos.
Recuerdo que en usa de esas siestas conté mi primer cuento.
Besos, querida Rosa.

Carmen Andújar dijo...

Lo gatos y las gallinas no estarían muy contentos, con esos bigotes y plumas a cuestas.
Un abrazo

Ester dijo...

No hay que molestar cuando duermen la siesta y no debemos aburrirnos si no la dormimos, creo que son travesuras casi imprescindibles. Un abrazuco

censurasigloXXI dijo...

Uf, no recuerdo dormir una siesta hasta llegar a los chorrocientos años.

Pobres bichos :)

Un beso y tu cafelito, compi.

ReltiH dijo...

LINDA, MUY LINDA EVOCACIÓN.
ABRAZOS

Montserrat Sala dijo...

Hola Rosa: Imagino la cara que pondría tu madre, al levantarse de su siestecita. Mira estaría bien que cambiaras tu apodo,-tu sabes bién que no me gusta- y podrias auto nombrarte:"Rosa la traviesa".Suena mejor, ¿no crees?
REcibe un achuchón muy entrañable.

Tracy dijo...

Esas diabluras en estos tiempos son impensables, ojalá se pudieran hacer, nuestra vida sería más natural.

María Perlada dijo...

Jajajaja me has sacado sonrisas con tu relato, pues sí que eras trasto de niña ¿eh? pobrecitos animalitos qué delito habrían cometido jajaja. Yo en cambio recuerdo las siestas de mi niñez jugando con mis muñecas, o leyendo tebeos, por cierto, en la vida me he dormido la siesta, es algo que odio desde siempre, pero veo que mucha gente tiene costumbre de ella.

Un beso.

Alma Baires dijo...

Me encantó... y esa imagen es genial... qué bonita infancia se ve reflejada en tus letras.

Un beso.

marieta dijo...

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RECOMENZAR dijo...

me maravilla
como
escribes