Se apresuró a esconder la muñeca bajo la seda de
aquel vestido prestado, se oían voces en el patio de la casa. Llegaban los
invitados con sus presentes y cuchicheaban acerca de la dote de Jarima.
Con
el dorso de la mano se quitó el miedo que escapaba en una lágrima. Tenía ganas
de vomitar mientras se miraba al espejo sin reconocerse bajo la pintura.
La
naggafa le ató fuerte el talle, como quien ata un yugo, para que sus carnes
infantiles pareciesen voluptuosas a los ojos del novio. Unas ajorcas heredadas de
su abuela y otras joyas de alquiler cubrían su belleza que no necesitaba
adornos.
Sobre
la mesa una bandeja de plata con los anillos, un vaso de leche, el símbolo más
puro de la felicidad y unos dátiles símbolo de la prosperidad y dulzura...
Ella
querría huir calle abajo a jugar con Halil y Zoraima bajo las higueras, tamizar
el sol por la trama de hilos del burka, al atardecer volar cometas en las lomas del Rif y ya en la noche, encendido el candil,
escuchar los tambores hasta que el sueño suavizara los latidos…
La
han subido al trono, la pasean por la casa mientras cantan celebrando su
virginidad. El novio, un primo de su padre venido desde muy lejos, un tuareg de
piel azulada, que se la bebe con los ojos.
Bien
valen esas carnes blancas los ocho camellos que ha traído desde el Sahel.
Las
manos pequeñas de Jarima se han juntado para rezar.























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