Tengo guardado en los
bolsillos de la memoria, el sonido del martillo en el yunque y el chirriar del latón moldeándose
a golpes. Rítmica conversación tallada
en la fragua.
La sombra de la espadaña separaba los vientos donde se probaban las veletas que salían del pulso
artesano del abuelo.
Al atardecer cuando el aire
danzaba en los tejados, giraban y giraban las banderolas en loco desconcierto, vuelo sin alas de los
catavientos que arrancaban una lastimosa música.
Las flechas llevaban grabados
el nombre de los vendavales de norte a sur, de este a oeste señalaban la calma o herían al sol en su discurrir por los corrales…
Vigía oxidada, así malvive
la veleta en mi torre.
Ya no galopa al levante, ya
no susurra a la brisa, un huracán tronchado en mis manos la empuja y se queja, ya no gira ni al suspiro
de la tarde, un remolino la arrastra al
silencio que arde en la fragua, para fundirla de nuevo en pos de la libertad.









































