
La llevan, se la llevan.
Chirrían las ventanas, el aire forma remolinos en el jardín y en la memoria. Anochece en todos los relojes.
Cuando el sol se esconde, Gabriel hiere la corteza del árbol con una nueva señal, la savia baja silente dejando un gong de melancolía que solo es audible en la soledad de los desheredados.
Y sin embargo la vida no se detiene, las risas de los otros, los pájaros, la oración en voz alta, la letanía, los oídos sordos…
La llevan. Se la llevan y le ahogan el grito quitándole el derecho de echarla de menos.
-No alborotes a los demás- le han ordenado. Llora el sauce.
El tiempo atado al cuello abriga su sollozo, mientras en el crisol de sus ojos se le funde la vida y rebosa…algunos lo llaman lágrimas.
Un día sucede a otro, dicen. Se le ha olvidado contar.
La llevan. Se la llevan. Era su compañera.













































