-No es sitio
éste para olvidar algo así- me dije
mientras observaba incrédula el asiento. Miré a un lado y a otro pensando que sería la
obra de un bromista y yo, la víctima de
una de esas cámaras ocultas.
Hacia la mitad
del trayecto y alterada por tan inusual
acompañante de viaje, me acerqué al conductor para comentarle lo que quizás
fuese un olvido de otro pasajero. ¡Me miró de un modo... el niñato!
Me senté en
otro asiento y miraba de reojo por si seguía allí.
¿Es que
acaso nadie lo ve? Me asustaba tanta
normalidad.
En los
asientos traseros se había sentado un grupo de gente joven, ¿no es extraño que
les hubiese pasado desapercibido tal cosa?
Empecé a
preocuparme, a menguarme en el asiento, a esconderme tras mis gafas oscuras y a
contar de dos en dos las calles que aún
me separaban hasta llegar a mi casa.
Cambió el
color del semáforo y el conductor frenó
bruscamente. Los pasajeros aturdidos por el vaivén nos acomodábamos de nuevo. Seguía
allí. Sin inmutarse. Es decir, se había resbalado hasta el filo dejando aún más desierta la posibilidad
de que alguien lo cogiese.
Decidido. Me
lo llevo a casa y mañana acudiré a la oficina de objetos perdidos.
Lo
depositarán en una estantería etiquetado,
o quizás lo encierren en una caja metálica, o con suerte, lo pondrán en la
vitrina y enseguida, veras como
enseguida viene el dueño… ¿pero y si no tiene dueño?
Otra vez la
angustia. Intermitente.
El conductor
mastica chicle y menea la cabeza al ritmo de una música machacona.
¡Me miró
como si estuviera loca, el niñato!
Y todo
porque quise ser una usuaria solidaria con los olvidos ajenos.
Ya, ya sé
que no es sitio éste para olvidar… un inquietante ojo de cristal azulado.


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