No era una costumbre, sino una necesidad por más raro que
pareciera al resto de la familia.
La tía Francisca
murió después de unos penosos días en los que yo no pude acompañarla.
Después de muerta, yo contaba con ella para todas las
cosas de mi diaria vida. Vigía
incansable de todos mis momentos, me protegía, cuidaba y complacía todos mis
ruegos.
A riesgo de que me llamaran loca, yo iba contando, como
la cosa más natural del mundo, aquella ayuda que tenía del más allá.
Algunos me decían
que no podía retener por siempre el espíritu protector, que rezara para que se alejara del círculo de mis
necesidades y la ayudara a
encontrar el camino de evolución.
No quería escuchar a nadie, no quería pensar que sería de mí si ella se alejaba.
Pero tenía remordimientos y una noche decidí no pedirle
más ayuda, Pase llorando la mitad de la noche por despedir a mi Ángel de la Guarda.
De madrugada me despertó una luz rojiza como si las
bombillas de la lámpara del cuarto se encendieran muuuuy len-ta-men-te como un fuego cálido se fueron tiñendo las
paredes y con la misma lentitud se apagaron.
Asustada me levante y llame a mi marido que estaba en la
habitación de al lado cuidando de mi bebé para que yo descansara. Le
conté lo sucedido y me calmó diciéndome que habría sido una pesadilla.
Para tranquilizarme, decidió quedarse en la habitación conmigo y a los
pocos minutos volvieron las luces a
teñir de rojo la estancia.
Nos abrazamos y nunca más hablamos de ello. Pero supe
que nunca estaría sola.
Al poco tiempo nos cambiamos de casa. Una tarde tomaba un
café sentada en la cocina y vi como la lucecita del horno se encendía sola,
suavemente, como si hiciera un guiño. Se me aceleró el corazón. Ella estaba
allí.
Pedí a un técnico
que mirara el electrodoméstico para que los demás se quedaran tranquilos
(yo sabía a qué era debido) aquel buen hombre me dijo que había una mala
conexión, me cobró por el trabajo tras comprobar que la lucecita se había
apagado. Mi horno estaba en perfectas condiciones para desafiar a la lógica.
A los diez minutos,
volvió a encenderse la luz. Jamás funcionó mi horno.
Yo cumplí el juramento de dejarla marchar…pero ella quiso
quedarse.