
Hace unos cinco años que estuve aquí pensando que sería la última.
Respiré hondo y me dije: no te sugestiones, no pasa nada. Hay que cerrar el círculo. A medida que me adentraba bajo los pórticos, ese temblor, ese nudo atenazándome el pecho, el silbido en los oídos, el pálpito en la sien…
Era verano, verano otra vez, como aquel primero que, como turista, en grupo, visitaba la Alhambra atenta a las explicaciones del guía, pero con una sensación de estar al borde de un precipicio guardando un absurdo equilibrio. Mi mente me decía que yo formaba parte de aquel lugar, caminaba segura por los corredores que separaban las estancias, me eran familiares los patios, las torres, el aljibe del rincón bajo los arrayanes, el atardecer rojo… conforme avanzaba la visita un escalofrío me recorría la espalda y me erizaba los cabellos.
En un momento, aislándome de la charla, conté a mi prima que dos salas mas allá, en una estancia de paso, a la izquierda de la misma, se encontraba una puerta cerrada cuyo dintel era una viga de madera oscura que la atravesaba.
Justo al terminar la frase su atenta e incrédula mirada me devolvió a la realidad ¿Qué has dicho? Nada, no sé que he dicho. Y seguimos como borregos el itinerario marcado. Mis pies se clavaron en el suelo cuando ella me dijo: mira, la puerta.
No quise hacer ninguna pregunta porque nada sonaría lógico.
Volví veinte años después. Vagué sola por la estancia con la sensación de ser observada. Oí voces, susurros, risas apagadas y desde el centro de la habitación giré y giré buscando algo detrás de las celosías. Nada.
Era para volverse loca. No volvería más a la Alhambra.
Estoy aquí. Hoy me miro en el agua quieta de las fuentes buscándome. Soy lo suficientemente mayor como para no dejarme influenciar por los cuentos.
En el Patio de los Mirtos, el eco, multiplica el sonido de los laúdes y las cítaras. Los músicos ciegos no pueden ver mis lágrimas.









































