
Peculiar banda sonora se oía desde todos los rincones, hilera de grillos rayando la cal como un ejercito enlutado y la luna arriba bañando el rectángulo de tapias que albergaba la magia de ser protagonista de las historias de los otros.
Rota la noche en los arriates, mi vestido de los domingos, tu primer pantalón largo, los jazmines azules y la prisa por ser mayor…
Así nos bebimos los veranos de la niñez, descifrando la trama de los amores imposibles, ganando las batallas con el séptimo de caballería, sintiendo en el cuello el roce de los colmillos de un vampiro en blanco y negro, la risa y el drama de cualquier payaso que con la luz apagada no sabe encontrarse…
El cine de la calle Córdoba, a cielo abierto, olía a pirulí de azúcar tostada, a colonia de violetas, a maizal recién regado en las lindes…
Giraba la rueda del celuloide devolviéndonos a la realidad en su última vuelta, y cuando se encendían las luces, desaparecía el león de la Metro, el señor que inauguraba pantanos y el anuncio de la chispa de la vida aprisionada en una botella…
Soltabas mi mano. De domingo a domingo, jugábamos a ser novios.









































