
Tendría que haberlo apuntado en un papel, pero, mira, aquí me veo como cada año nuevo sin saber el orden de prioridades para los deseos.
Lo de las obligaciones lo tengo claro y es lo único que no cambia tras las campanadas.
Que horror, he salido en las fotos con la boca cerrada a duras penas para que no se escapen las once uvas que no me dio tiempo masticar aún cuando ya había sonado la mitad del tiempo.
Una heroicidad gritar feliz año nuevo cuando aun me quedan cinco uvas con sus pieles y sus pepitas dando vueltas entre la sonrisa y los dientes apretados.
Con el cava y la responsabilidad de atribuirle poderes mágicos a las burbujas, se brinda y se piden cosas (la mitad imposibles) hasta que el gracioso de turno te rocía de confeti y te ata con serpentinas al borracho solitario que está al otro extremo de la barra.
¡Feliz año Nuevo! Y yo sigo la corriente, total, millones de celebrantes no pueden estar equivocados.
Vida nueva, dicen, y a todo esto hay que ponerse unas bragas rojas y besar al enemigo que normalmente cena en tu misma mesa y que minutos antes te ha dicho eso de: “estas mas gorda que el año pasado, querida” y para no venirte abajo y morderle directamente en la yugular, coges el trozo de turrón mas grande y te vengas.
El traje de lentejuelas me sienta como un tiro, sobre todo si me comparo con la rubia del tercero que es un pincel. Yo, que soy más de brocha gorda, ¿me entiendes?
La gente se abraza, la gente llora, huele a pólvora y a perfume de los domingos. El frío talla figuritas en los cristales y se brinda al calor de las velas por todas esas cosas que no tienes.
Es un vano intercambio de ilusiones que saben a matahuga, a humo de cigarrillo de contrabando, a besos de carmín indeleble.
Feliz Año Nuevo…
Tendría que haberlo apuntado en un papel. No se por dónde empezar.










































